Patchwork

Darle vida a retacitos de tela es una safisfacción y,
a veces, casi una obligación.....
Es el placer de crear
Trabajar con telas apuntando a la creatividad y no a la exactitud de la técnica, sin desmerecerla, sino usándola como herramienta.
Mi búsqueda es una identidad propia que evoque mis fuertes raíces con el campo uruguayo

miércoles, 19 de mayo de 2010

texto del curador Alfredo Torres sobre la muestra Florecimientos

El amoroso cuidado
Octavio Paz ha sostenido que la artesanía tiene el latido del tiempo humano. La buena artesanía, por cierto, la que está muy cerquita del acto artístico, la que casi se confunde con él. Un tiempo sin prisas, sincero, sin soberbia. Un tiempo demorado en lograr que las cosas se ofrezcan pudorosamente con un amoroso cuidado. Inés García Pintos acarrea una larga experiencia dentro de la artesanía, experiencia que para ella ha tenido, sigue teniendo, la misma importancia que este conjunto de piezas que ahora presenta y que acceden a otra categoría diferente. Piezas, y no se trata de establecer una amable paradoja, que tienen una jerarquía que trasciende lo utilitario o el mero adorno, la belleza destinada a agradar, funciones esencialmente artesanales, pero que siguen manteniendo un gentil perfume de tales funciones. Quizás por esa condición disfrutablemente ambigua, he comenzando recordando la sentencia del formidable escritor mexicano.

El hacer artesanal impone, en todos los diferentes grupos creados por Inés García Pintos, ese amoroso cuidado, esa minuciosidad de orfebre textil, que cose y recose, borda, juega con los valores del patchwork, despliega colores, descubre y superpone ornamentos o los inventa, los somete a contantes renovaciones. Guiando el afectuoso acabado con una gracia y una delicadeza, asombrosas. Todas eses virtudes llegan, sin dudas, desde el saber artesanal. Pero ahora se fusionan para acceder a otros fines, para lograr otros presupuestos. Con un relato mítico donde las constancias de la realidad se entrecruzan con dones de una poesía sencilla, de una conmovedora pureza, con la instauración del prodigio.

El prodigio surge en cada una de las piezas, en cada uno de los grupos de piezas, y tiene la virtud de provocar florecimientos, imprevisibles. Florecimientos, de ahí el titulo que da nombre a la muestra. No solo en la serie de los objetos del campo, el recado, los frenos, las cinchas, la marca o la pequeña silla, donde realmente tienen lugar reparadores florecimientos, entibiándolos, enterneciendo sus usos. Una inesperada irrupción que los engalana con flores chiquititas, con colores mansos, tratando de cambiar sus viejas historias, sus rutinarias identidades, para convertirlos en objetos que devienen utilería de nuevas fábulas, de nuevas profanas liturgias. Proponiendo travesias inaugurales, metáforas sobre los rasgos de la condición humana, la capacidad de doblegar dolores, de vencer presiones, de aceptar inevitables límites. Pero también florecen candorosas ovejitas que soportan el agobio de las medidas o, por lo menos, de los instrumentos de medición que las persiguen. Para hacer más tolerable los acosos, transmutan ropajes lanares y se visten con coloridos trocitos de hermosas telas. Florece una coraza capaz de hacer tolerable la imposición reguladora. Pero también florece el pecado de un corral tentador. Florece una oveja que juega consigo misma y vacila sobre la asunción de su reinado. Florece una oveja lavandera abriendo interrogantes sobre su trabajo, sobre su afán de limpieza. En el encuentro de la oveja y el zorro, florece la posibilidad que se presumía imposible. En un juego de té se permite florecer el restañado de heridas. Así, con gentileza y cauteloso afecto, se convoca al espectador. A pesar de heridas y fracturas, las tres bellísimas piezas siguen invitando a tomar el té. Toda la exhibición y sus florecimientos, mediante alusiones siempre poéticas y gracias a una realización manual impecable, proponen otras invitaciones, otras complicidades.

Sinceramente, vale la pena aceptarlas

Alfredo Torres